JULIÁN  BAUTISTA    
     Compositor de música clásica.
     Nacido en Madrid en 1901 y fallecido en Buenos Aires en 1961.
    
centenario@julianbautista.com.ar    

 

 

COMENTARIOS Y ANALISIS 

PUBLICADOS POST - MORTEM

 

Rodolfo Arizaga,  
Revista Programa LRA Radio Nacional,  
Julio de 1963.

Cuando el tiempo autorice a la historia para que nos revele sus últimas y más recientes inscripciones de nombres ilustres en sus registros, cuando se establezca la perspectiva necesaria y clarificadora que dictamine sobre el complejo caótico del panorama musical contemporáneo, el nombre de Julián Bautista continuará leyéndose en lugar destacado. Para él no puede haber olvido. Ni olvido para el hombre, ni olvido para el músico, ni olvido para la obra.

Porque sólo se olvida lo transitorio. Porque sólo se olvida lo efímero. Y Julián Bautista, hombre o músico, ha dejado estela en nuestro país y surco en el suyo, su lejana España. Estela de luminoso impacto en su decidida vocación democrática, hecha sacrificio y orgullo. Estela resplandeciente en sus convicciones estéticas, en la nobleza de su verdad a la que supo servir con ejemplificadora fe. Surco profundo y fértil, alentador, trascendente. Los jóvenes de hoy, complicados involuntariamente en el estupro social de nuestra exasperante decadencia, puede hallar en él el ejemplo vigorizante que la vida les escamotea a diario.

Llegar a la muerte como llegó Bautista debe ser maravilloso. Toda una vida encauzada en la paz de una conciencia irreductible. Toda una vida encauzada en la luz del convencimiento, en el pulso de una verdad sin mentiras, en el horizonte de una humildad sin límites. Ese fue su éxito. Su gran victoria. Su contagioso ejemplo.

Si la totalidad de los trofeos y galardones ganados en tan ardua y dura lucha aún no han dicho: ¡presente!, no debe inquietarnos. Es común en hombres de la temperatura moral de Bautista. La filigrana versallesca que exuda la vanidad y engendra la prisa de los ambiciosos, jamás llegó a tocarlo por cerca que estuvieran. Porque él, cosa rara en estos tiempos que han sido los suyos, de alarmante mercantilismo y desorientación, sabía mejor que nadie cómo debía conducirse en la vida sin traicionar sus principios. Es que para ello era necesario tenerlos, y muy firmemente protegidos. Principios de moral. Principios de estética. Sostenidos por la voluntad. Por una voluntad viril. Razonada. Inflexible. Enérgica.

Cuando la muerte apaga una vida proyecta sus consecuencias en el saldo de esa vida. Y el saldo que nos dejó Bautista es sólido y substancioso. Una vida ejemplar con un adolescente que lleva su mismo nombre. Pesada responsabilidad. Una actitud reverente y devota hacia la libertad en toda la amplitud de sus dominios, incluso los más inasibles y utópicos. Una consecuente y envidiable contracción al trabajo que no deparó nunca en sacrificios, ni desfalleció jamás frente a ninguna contingencia. Una vocación a prueba de tentaciones y oportunismos de última moda. Una obra a prueba de improvisación, ligereza y desatino, hecha a base de impactos de aguda resonancia, como los que logran sus increíbles “Catro Poemas Galegos" y la robusta “Seconda Sonata Concertata a Quattro".

Juan José Castro le rindió homenaje de su pluma al escribirle un “Epitafio en ritmos y sonidos” (que así se llama la obra) que se dio a conocer el año pasado en los programas de “Amigos de la Música”. A propósito del estreno el mismo Castro apuntó en el programa la siguiente declaración:

“Una fuerte, una tierna amistad me unió a Julián Bautista. Admiré en él a su vocación de hombre libre. Su vida fue una gran lección en ambos sentidos: la integridad artística –que no podía desfallecer—tenía en el hombre su perfecto equivalente. Este ser delicado, modesto, que abundaba en simpatía, silenciaba actos de valentía inequívoca que lo desbordaron cuando se trató de defender causas impostergables para la salud de su patria. Así era su modestia. Así era también su silenciosa tarea de artista. A este extraño ejemplar humano están dedicadas las voces y ritmos que han acudido para formar el Epitafio. Es modesta ofrenda y no sería casual que reflejos –o sombras—de su presencia se advirtiesen aquí o allá, consecuencia de la inevitable evocación que durante mi tarea debió producirse”.

Este croquis de su personalidad, magníficamente tallado y dicho, se completa con lo que el mismo Castro escribió una vez evocando aquellos prolongados y enigmáticos “silencios” de Bautista, “silencios” que eran pausa, espera ansiosa, pero nunca duda. No podía dudar así nomás quien administraba tan sólidas convicciones. A lo sumo se trataba de apaciguantes respiros, los mismos que el peregrino necesitó para renovar aliento y robustecer energías.

Castro confiesa su preocupación porque la espera amenazaba ser larga. Bautista había aparentemente abandonado la pluma. “¿Qué hacer?” era el enigma. En un mundo que hostiliza la individualidad. En una época que lo conjuga todo en plural. Que dictamina sin escuchar. Que rotula despiadadamente y sin apelación alguna.

También en música se hacen sinfonías con arpilleras rasgadas, nos dice Castro en la nota que firma y que comentamos. “También conocemos algún “Scherzo”  con el Trío quemado, chamuscado adrede como símbolo de libertad en el arte --¿o esclavitud a la moda?--. Dicho de paso: por que para algunos libertad es roña, sadismo, repugnancia”.

Nada más cierto ni más oportuno. Porque Bautista fue eminentemente un músico contemporáneo; así lo acusan sus obras, su lenguaje, su pensamiento, su estilo, su necesidad expresiva. Pero él no estaba con la destructibilidad de estos tiempos, ni había pensado por un instante en afiliarse a ninguna de las tendencias paralelas porque se sentía incapaz de traicionar sus convicciones más íntimas. Por eso Bautista esperaba. Escribía lento. Pensaba. Quería afirmarse en su verdad. Convencerse una vez más. Saber antes que ninguno que lo suyo le pertenecía legítimamente, pero que además también pertenecía al mundo actual por el que transitaba con pulso contemporáneo. De allí la distancia que separaba sus obras. Pero también de allí el acierto eficaz de las mismas.

Su llegada a Buenos Aires y su radicación definitiva –van a hacer ya casi veinticinco años—le depara el glorioso momento de la madurez. Aquí crea su mejor producción. Aquí compuso la compleja y sabrosa “Fantasía española", Op. 17, para clarinete concertante y orquesta,  cuyo estreno en el Teatro Colón me alegro de haber facilitado con el propio Bautista en el podio. Aquí compuso Bautista su medular “Cuarteto de Cuerdas Nº 3", obra de una solidez asombrosa, jocunda, inolvidable. Y su delicado “Romance del Rey Rodrigo", para coro a capella, la formidable “Sinfonía Breve", y la “Segunda Sinfonía Ricordiana", que obtuvo el premio internacional instituido por la Casa Ricordi con motivo de cumplir el sesquicentenario de su fundación.

Queda mucho aún por conocer de todo lo suyo. Quisiéramos enterarnos del estado en que dejó su antiguo proyecto para “El Cid”, según una adaptación especial de Rafael Alberti, en el que trabajó muchos años, e incluso nos agradaría poder conectarnos con sus obras primigenias, hijas de la evolución y engendros del largo viaje que es la vida. Obras desconocidas aquí y casi en todas partes, tales como la “Sonatina-Trío”, los “Preludios japoneses” para piano y la “La flûte de jade", canciones sobre poesías chinas traducidas por Franz Toussaint.

Nada le perjudicará el hecho de que estas páginas vuelvan a la inquietud del concierto. Bautista ya está en la historia y como todos los que lo acompañan, silenciada la voz, goza el privilegio del discurso eterno e inapelable.

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