JULIÁN  BAUTISTA    
     Compositor de música clásica.
     Nacido en Madrid en 1901 y fallecido en Buenos Aires en 1961.
    
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COMENTARIOS Y ANALISIS 

PUBLICADOS POST - MORTEM

Rodolfo Arizaga,  
revista “Melomanía” de Buenos Aires,  
Octubre de 1981.

Una tarde, hace poquísimos años, en uno de los pisos del Fondo Nacional de la Artes, alguien me vio por allí y me dijo que había rescatado un paquete con mi nombre de pila, de papeles destinados a la hoguera. El Fondo acababa de mudarse a su edificio actual y aprovechaba la ocasión para aliviar su papelería. Era preciso purgar archivos y quemar sus excesos inútiles. Entre ellos estaba mi paquete.

Al abrirlo sentí una turbia sensación de horror y emoción, un insólito escalofrío de espanto y de alivio a la vez: tenía en mis manos los manuscritos originales de dos libros de Julián Bautista, escritos entre 1934 y 1935 en Madrid: “Estudio comparativo de los principales tratados de armonía a partir de Jean Philippe Rameau”, y “Memoria sobre la evolución de la armonía a partir de Johann Sebastian Bach hasta el momento actual y compositores que más han contribuido a ello”.  Si lamentablemente el Fondo no los quiso, felizmente el fuego tampoco.

Luego de un informe solicitado por la entidad bancaria, ésta decretó en Abril del 71 la edición de ambos trabajos, resolviendo que fueran precedidos de un ensayo sobre la personalidad de Bautista, que me confiaba por Resolución Nº 10090/71, “visto que es finalidad del Fondo Nacional de las Artes contribuir con su aporte al enriquecimiento de la cultura”, y que, el fulano de tal –yo- “reúne antecedentes y conocimientos en la materia que aseguran el rigor metodológico e informativo necesarios para llevar a cabo este proyecto”.

De aquí al cumplimiento del contrato, y de éste a la pira sólo hubo silencio, ni siquiera el susurro de una esperanza lejana. Y lo que es más y peor: la indiferencia e irresponsabilidad de una institución consagrada a la cultura, que dejó resbalar el paquete (el mismo que entregué en su momento) condenado al fuego de los desperdicios.

“Si al filólogo le es necesario el estudio de las lenguas muertas para conocer la etimología de las palabras en las letras vivas; si al literario le son valiosos los conocimientos de los clásicos para conseguir un buen estilo, aunque este estilo sea personalísimo, y para poseer una cultura absolutamente necesaria, ¿cómo es posible negar la conveniencia de un conocimiento profundo de la Armonía clásica, fuente de todas las armonías actuales, aún las más modernas y complicadas”?

Julián Bautista se interroga y nos interroga, se pregunta a sí mismo, inquieto por la creciente indiferencia que ha observado en los últimos años por el estudio metódico de la Armonía frente al auge que fueron tomando las nuevas técnicas incorporadas al mundo de la composición musical. “La rama joven –reflexiona- no viene a destruir el árbol ni sus raíces sino a darles nueva vida, y así como el tronco necesita ramas nuevas para no morir, la rama nueva necesita del tronco y de sus raíces para sustentarse, y de la savia que de ellos recibe se alimenta para florecer”.

Respaldado en esta sabia reflexión, Bautista comenzó a indagar los principales tratados teóricos de la Armonía escritos en idiomas latinos (francés, italiano y español) que son los que él dominaba, y los escrutó con agudo lente de aumento, desentrañándolos en una prolija autopsia.

Bautista se había presentado a un concurso por oposición para optar a la cátedra de Armonía del real Conservatorio de Madrid. Debió para ello elaborar una suerte de tesis que fundamentara su aspiración y de allí nacieron ambos libros: el “Estudio comparativo..”. donde analiza el contenido y la metodología seguida en 24 tratados, desde Eximeno y Rameau (siglo XVIII) a Charles Koechlin (siglo actual), omitiendo aquellos que hasta entonces sólo habían sido editados en alemán o inglés (idiomas menos frecuentados por el estudiantado español) y la “Memoria sobre la evolución..”., un prolijo examen generosamente ilustrado con ejemplos musicales, donde el autor se detiene a observar las características esenciales y los aportes personales de 27 compositores desde el período barroco (J.S.Bach) a las escuelas contemporáneas (Schienberg, Falla, Strawinsky, ...), transitando por los usos armónicos de Mozart, Beethoven, los románticos (Wagner, Chopin, Liszt, Schumann, Berlioz, ...), hasta Satie, Debussy y Scriabin.

La redacción de estos dos estudios de Julián Bautista encierra una profunda importancia técnica e histórica. Técnica, porque resume con síntesis didáctica un tema vasto que el estudioso contemporáneo no podría tal vez abarcar con plenitud, por exigencias de tiempo o dificultades en la búsqueda de la información. Muchos tratados de Armonía que aquí se analizan ya no circulan al alcance de todos y algunos son inaccesibles inclusos en bibliotecas especializadas. E histórica, porque el estudio de la Armonía ha derivado su vigencia a otras áreas más limitadas de las que abarcó hasta el momento en que la electroacústica y los nuevos módulos del pensamiento musical contemporáneo planificaron otros horizontes.

La Armonía es una ciencia que abarca el estrecho período entre Monteverdi y Strawinsky, para sólo citar dos instancias culminantes y extremas; apenas tres siglos y medio. Pero dada la magnitud de la música que se escribió en ese lapso, los conocimientos armónicos se hacen imprescindibles. No importa que el compositor actual no necesite de la Armonía para componer. Importa sí, para profundizar y conectarse con lo que ocurrió en ese período histórico, cuya producción sigue vigente y ocupa, por abrumadora mayoría, el repertorio musical de mayor consumo hasta el momento.

No considero a la Armonía una materia innecesaria por el sólo hecho de que el estudiante de composición prescinda de ella en su tarea. Todo lo contrario. Mal puede asumir con responsabilidad una actitud contemporánea quien ignora los procesos que la provocaron. Eso sí: un estudio parcial de la Armonía, basado en una u otra posición o criterio personal, ya no tiene sentido. En cambio, sí lo tiene si se lo enfoca como lo hace Bautista: analizando tratados, observando procedimientos personales, curiosos usos inéditos de la materia sonora.

De este modo, se condensa la información, se la aprieta en su verdadera esencia, se la abrevia para que el estudio no se convierta en un código caprichoso de prohibiciones o un manual de buenas costumbres, algo a lo que había llegado (y sigue llegando) en tantos claustros reaccionarios de la educación musical. Hoy los profesores sensibles de la época, enseñan una Armonía práctica aplicada a los mismos textos que el alumno trabaja paralelamente en sus clases instrumentales.  Como esto no suele ocurrir a menudo ni en muchas partes, el estudio que propone Bautista cubre holgadamente esa imperiosa necesidad: su ojo analítico concentra la información vital y útil, reduciéndola a su núcleo más profundo y fundamental.

Técnico sólido, informado, estudioso, Bautista llegó a ocupar un año antes de su muerte, la cátedra de composición del Conservatorio de Puerto Rico, a instancias de Juan José Castro, puesto allí como director por el propio fundador del instituto: Pablo Casals. Alguna vez Bautista llegó a decir: “La composición es un misterio, no un problema”. Valga el axioma para definirlo bien; aceptaba la creación como una gracia, pero admitía al mismo tiempo y en la práctica, que para recibirla era necesario estar debidamente preparado, debidamente aleccionado, por si no llega a tiempo o nunca, porque, como él mismo lo dijo: “los músicos no geniales no pueden permitirse el lujo de ser aburridos”. Había, pues, que ahuyentar el aburrimiento como única coyuntura humana posible, para escribir bien y correctamente, con el mayor ingenio, para que el misterio de la composición pueda transitar un camino que no esté empedrado de problemas.

A 80 años de su nacimiento,
a 20 años de su muerte,  
recordando a Julián Bautista.

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