JULIÁN  BAUTISTA    
     Compositor de música clásica.
     Nacido en Madrid en 1901 y fallecido en Buenos Aires en 1961.
    
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COMENTARIOS Y ANALISIS 

PUBLICADOS EN VIDA

 

Arturo Román,
especial para “Criterio” de Buenos Aires,  
desde San Sebastián,  
Agosto de 1932.

De entre la nueva generación de compositores españoles –que cuenta con personalidades tan significadas como los hermanos Halffter, Bacarisse, Pittaluga, Salazar—la figura de Julián Bautista está perfilándose con rasgos acusados. Muy joven aún, como que sólo cuenta con treinta y un años, Bautista pertenece por derecho propio a ese núcleo valioso que con su obra fervorosa sigue la ruta abierta por Falla, Albéniz, Esplá, Granados y Turina para la conquista de un puesto de preeminencia de la música española en el arte europeo.

Inició sus estudios de niño en el Conservatorio de Madrid. Piano, con doña Pilar Fernández de la Mota; armonía y composición, con el ilustre Conrado del Campo. Pero abandonó la carrera de instrumentista para dedicar todo su tiempo y su entusiasmo a la labor creadora.

Sólidamente preparado y templado su espíritu en la atmósfera nueva de las corrientes españolistas, se dio a labor. Su primera producción, empero, fue “Interior”  drama lírico compuesto sobre la obra de Maeterlinck. Producción impresionista, nacida bajo la influencia poderosa del “Pelleas” de Debussy, a que muy pocos compositores jóvenes lograron substraerse, Julián Bautista no intentó nunca darla a conocer. Con ella no hizo otra cosa que ejercitar sus fuerzas porque estaba bien seguro que su “Interior” no respondía sino a ese penoso proceso de la rebusca de la propia personalidad. Pero la alta calidad del modelo que inspiró su trabajo nos sirve para tener el primer antecedente respecto a su gusto artístico y a la permeabilidad de su sensibilidad moderna.

Si en el orden cronológico “Interior” es su obra primigenia, la revelación de Julián Bautista como compositor sólo data de hace muy pocos años merced a su ballet “Juerga”, sobre escenario de Tomás Borrás, que “La Argentina” (Antonia Mercé) estrenó en la Opera Cómica de París. “Juerga”, que es una estampa colorida y viva del Madrid de 1885, anticipa y promete.  La crítica francesa le prestó atención; menudearon los elogios, y así estimulado el joven músico prosiguió sus trabajos con más decidido empeño.

A “Juerga” siguió las “Suite all’antica”  de noble corte clásico ligeramente entintado de españolismo. Tras de ésta vino “Preludio para un tibor japonés”, un encaje musical lleno de gracia y de finura. Ambas producciones fueron dadas a conocer en Madrid por la Filarmónica y la orquesta del maestro Lasalle, respectivamente. Público y crítica comprendieron que se hallaban en presencia de un compositor digno de ser tenido en cuenta. El Cuarteto Rafael le estrenó luego un “Trío” para violín, viola y violoncello, y el gran Regino Sáinz de la Maza el delicioso “Preludio y danza”, de definido sabor hispano.  Una suite para piano, “Colores”, cuyo título anuncia bien su carácter, completa la serie de producciones menores.

Pero donde Julián Bautista ha impuesto la fuerza de su arte, rico de inventiva, pleno de recursos, hondo de inspiración fresca y en camino de madurez, es en los dos cuartetos para cuerdas que le valieron las máximas recompensas en los concursos nacionales de los años 1923 y 1926. Completan su obra –no muy copiosa pero de indudable jerarquía artística—cinco “lieder”: dos sobre versos de Gregorio Martínez Sierra. Los restantes son las más delicada traducción musical de esas miniaturas poéticas que Franz Toussaint, después de arabizar en “Le jardin des caresses”, hizo “a la maniere chinoise” .

Ahora Julián Bautista se ha dado a la tarea de comentar musicalmente una obra lírico-bufonesca de Federico García Lorca, el más poeta de todos los poetas nuevos de España. Se titula “Amor de Perlimplín con Belisa en el jardín”. He leído la obra y comprendo el esfuerzo que tendrá que hacer Julián Bautista para ponerse a la altura lograda por el poeta.

El ambiente caprichosamente dieciochesco de la farsa –que tiene algo del espíritu de los “Esperpentos” de Valle-Inclán--, la gracia pimpante de sus diálogos áticos, la fina comicidad de las situaciones, el clima poético que se crea en la bufonada, la rara mezcla d ternura y desenfado que campea en ella, constituirán, sin duda,  un motivo de prueba para el músico que con tanto entusiasmo acomete la empresa de hacer una obra que bien puede marcar un punto de partida y provocar una reacción en la lírica española tan falta de cultores al presente.

Julián Bautista, que tiene un concepto definido y claro de su arte, tanto como de sus propias posibilidades, huye en la música de los regionalismos “folklóricos” por lo  que ellos tienen de encasilladores. Madrileñísimo por ambiente y tradición familiar, cree que no será con chotis castizos que Madrid imponga un día al mundo su arte sonoro ni reverdezca los viejos laureles de Chueca y de Valverde. Para él, la música debe aspirar –cuando de música de aspiraciones se trata—a la categoría de lenguaje universal. Para ello se hace indispensable alejarse de los “pintoresco”, impotente por sí solo para llegar a lo trascendente.

Hasta hace poco –me dice—España ha sido el país del “color exótico”. Rindieron culto a ese exotismo no sólo nuestros músicos y escritores, sino buena suma de extranjeros: Bizet, Mermée, Debussy, Ravel, Rimsky-Korsakoff, Gautier, sin olvidarnos de Chopin con su descolorido “Bolero”. Ya en tiempos de Luis de Vitoria lo que interesaba en Italia de este músico maravilloso no era precisamente su sabia polifonía sino su “color español”. Bien es verdad que la “Iberia” de Albéniz despertó en París el interés inicial de Europa por la música culta española de nuestros días, pero no ha de ser por ese camino de regionalismo sonoro que España irá a ocupar su puesto en el concierto del mundo.

El excesivo apego al colorismo local lleva a la limitación anquilosadora. No será sólo a base de color que los músicos españoles aspiremos a la formación de nuestro lenguaje. Debemos hacer obra que pueda reconocerse universalmente como española por su esencia espiritual, por su levadura íntima, sin necesidad de darle particular fisonomía apelando a las fuentes “folklóricas”. Y esto debe hacerse conciencia entre nuestros compositores. Debemos aspirar a la universalización del peligroso provincialismo de la música española. Falla ya ha dicho su palabra en ésto.

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