JULIÁN  BAUTISTA    
     Compositor de música clásica.
     Nacido en Madrid en 1901 y fallecido en Buenos Aires en 1961.
    
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EL PENSAMIENTO DE JUAN JOSÉ CASTRO
sobre Julián Bautista

“Los silencios de Bautista”,

Revista ARS de Buenos Aires,

Nº 3, año 1961.

Una circunstancia caracteriza la producción de Julián Bautista; las pausas entre una y otra obra se prolongan cada vez más con el correr de los años. Su obra, fruto de un pensamiento rico y prieto, es parca en los medios, jugosa en las ideas. Discreto, sobrio en su persona, así quiere que sea su arte. Nada extraño, pues, que su producción se demore, sometida como  es a minuciosas revisiones antes que el artista decida liberarla para que eche a volar.

Tan porfiada disciplina, al tiempo que limpia su discurso del menor atisbo declamatorio, de todo elemento superfluo, impone su ritmo a la producción del músico cuyo mensaje, menos numeroso de este modo, se enriquece antes que empobrecerse. Así, cuando sus silencios se quebraban era siempre para regocijarnos con ricas compensaciones: los “Catro Poemas Galegos", el “Romance del Rey Rodrigo", la “Sinfonía Breve". O el Cuarteto. Pausadamente, una tras otra estas obras van edificando aquello que, habiendo sido su refugio y confesión, se transforma un día en revelación, pues esas páginas constituyen el relato más puro, más entrañable que el artista hace de su vida secreta a los demás hombres. Tal es, al fin, la misión del creador.

Cuando llegó el día en que su silencio se prolongó más de lo habitual –después de su hermoso Cuarteto—pudimos temer que se repitiera el caso, ya clásico, que hiere a las letras argentinas en un artista señalado: el gran silencioso, el admirable Banchs.

Fue esta vez un silencio de varios años que preocupó a quienes estábamos alerta a su trayectoria obstinadamente ascendente. Pero ya por entonces la secreta angustia de Bautista era otra: el “¿qué hacer?”, que se plantean tantos artistas actuales ante la incontrolada afluencia de sistemas, teorías, doctrinas, productos extramusicales –curalotodo, alguno de ellos, apto para todo uso—ese terrible “¿qué hacer?” había invadido su espíritu; pero su perplejidad no arrastró a este artista de convicciones a afiliarse en tal o cual secta, poseedora fugaz de la panacea que cambia de mano cada quince días. También en música se hacen sinfonías con arpilleras rasgadas y prendas interiores sucias de rouge; también conocemos algún Scherzo con el trío quemado, chamuscado adrede como símbolo de libertad en el arte o ¿esclavitud a la moda? Dicho sea de paso: ¿por qué para algunos libertad es roña, sadismo, repugnancia?

He tenido durante muchos años el privilegio de conversar largamente con Bautista. Quizá él no lo supiera, pero yo escuchaba como se escucha para aprender. (Estoy seguro; no lo sabía. Le hubiera espantado tener tono didáctico.) Pero las cosas llegan por muy distintos caminos. ¿Era lo que decía entonces tan trascendente, tan agudo o nuevo? ¿O era otro el influjo que me hacía seguirlo con deleite? No quiero analizarlo ni quise hacerlo nunca. Lo que sí puedo afirmar es que la limpieza de su pensar era siempre una lección. Me entregaba, pues, a ese inmenso placer como lo haría hoy, si una gigantesca fuerza de la voluntad pudiese deshacer lo hecho. Sí, me entregaría de nuevo a la gracia cautivante de su palabra, a la sagacidad de sus juicios, a sus frecuentemente sorpresivas conclusiones.  (¿Por qué me recordaba tanto entonces a aquel otro español que también eligió la Argentina para vivir y para morir, a don Manuel de Falla?)

En una de esas conversaciones que eran diarias en San Juan de Puerto Rico, en el Conservatorio o frente a éste, en mi casa, abordé el tema. Sé lo difícil que es franquear esa puerta donde empieza la intimidad del artista y tras la cual el diálogo es con uno mismo. Temía molestarlo, herirlo en su condición de “músico inactivo”, pero pensé que sería bueno para él y para mí.

El esperaba, fue su respuesta. Que me bastó. porque Bautista, músico puro, fiel a su causa, incapaz de una deserción, pero consciente del planteo dramático que todo el arte enfrenta, callaba. Esperaba. Lúcida espera la suya, en la meditación. No renuncia. No desesperación. Para esto basta con ser débil.

Podríamos definir esta actitud como sufrida espera de una intuición. porque él no aceptaba la exclusión del misterio en la obra artística. Tal vez no desechara la posibilidad de una intuición que lo llevara un día hacia rumbos por los que nunca viajó. Pero tendría que hablar su profundo “sentir” musical; sería su voz interior quien lo ordenase, nunca los esquemas ingeniosos, las teorías previas a la creación. Entre tanto no lo intentaría ni aún como experimento. Nada que no fuese una voz con fe, una voz creyente ocuparía sus pentagramas. Y esperaba ese sonido.

Todo eso leí en sus dos palabras.

Ahora que todo ha pasado encontramos en hojitas de papel escritas con letra nerviosa, incisiva que tiene no sé que virtud de vivificar a las palabras, apuntes diversos sobre sistemas musicales actuales. Algunos verdaderos aforismos: “Un exceso de ordenación puede llegar a esterilizar. Composición es, en este caso, contrario a creación”. Alguna frase allí estampada tiene elocuente poder sintético: “La composición es un misterio; no un problema”. Así pensaba cuando murió. Así seguirá diciéndolo su música.

 

 

 

 

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